30º Aniversario del Atentado a la AMIA: un Llamado a la Justicia y a la Memoria

11/Jul/2024

El Observador- por Nicolás Lerner

 

A pocos días del 30º aniversario del Atentado a la AMIA, las reflexiones de Nicolás Lerner : “Desde el primer momento, la sociedad argentina se unió en un clamor por justicia. Sin embargo, tres décadas más tarde, ese llamado ha sido respondido con impunidad y desilusión”

El 18 de julio de 1994, el corazón de Argentina se detuvo en un instante. A las 9:53 de la mañana, un vehículo cargado de explosivos impactó contra la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Pasteur 633, Buenos Aires. La explosión fue devastadora: el edificio se desplomó, dejando 85 muertos y más de 300 heridos. Lo que siguió fue una lucha desesperada por rescatar a los sobrevivientes atrapados entre los escombros, con voluntarios y equipos de rescate trabajando incansablemente para encontrar señales de vida.

Este ataque no fue un evento aislado. Solo dos años antes, el 17 de marzo de 1992, la Embajada de Israel en Buenos Aires fue blanco de un atentado similar, dejando 29 muertes y 242 heridos. Ambos ataques marcaron profundamente no solo a la comunidad judía, sino también a toda la Argentina y a la región. Estos actos de terror, con evidencias claras que apuntan a Hezbollah y a Irán como los responsables intelectuales y materiales, dejaron una herida abierta que aún hoy, 30 años después, no ha encontrado consuelo.

Desde el primer momento, la sociedad argentina se unió en un clamor por justicia. Sin embargo, tres décadas más tarde, ese llamado ha sido respondido con impunidad y desilusión. A pesar de las alertas rojas de Interpol, nadie ha sido encarcelado o condenado. Los juicios llevados a cabo estuvieron plagados de corrupción y luchas de poder entre políticos y jueces, lo que resultó en investigaciones judiciales llenas de irregularidades, desviaciones y obstáculos.

El fiscal principal del caso, Alberto Nisman, dedicó más de 15 años a investigar el atentado y el posterior encubrimiento judicial. Su muerte en 2015, un día antes de testificar en el Congreso argentino, añadió una capa más de incertidumbre y sospecha sobre el manejo del caso. En 2003, el primer juez a cargo declaró formalmente que Hezbollah y «elementos radicales del gobierno iraní» habían planeado y ejecutado el ataque. Con el tiempo, se recolectaron más pruebas que implicaban directamente al gobierno de Irán en la planificación y financiación de este acto de terrorismo.

A pesar de estos esfuerzos, la justicia aún no ha llegado. En 2019, Argentina dio un paso significativo al designar a Hezbollah como organización terrorista y congelar sus activos. Esta medida fue seguida por otros países de América Latina, como Colombia, Paraguay, Honduras y Guatemala, que también reconocieron la amenaza que representa Hezbollah.

Hoy, en América Latina, especialmente en la región de la Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay, Hezbollah continúa involucrado en actividades de reclutamiento, lavado de dinero, narcotráfico y mantiene estrechos vínculos con el crimen organizado. Esta realidad subraya la necesidad urgente de una cooperación internacional más fuerte y decidida contra el terrorismo.

El alcance de los grupos terroristas va más allá. Su capacidad de reclutamiento y propaganda se ha expandido a través de internet y las redes sociales. Nosotros aquí en Uruguay lo hemos vivido en carne propia con el claro ejemplo de lo ocurrido en Paysandú, donde el asesinato de David Fremd (Z’L) en 2016 fue perpetrado por un individuo radicalizado en línea y que subraya la amenaza persistente y multifacética que representan estos grupos.

El atentado a la AMIA no fue solo un ataque contra la comunidad judía, sino un ataque contra la humanidad. La tragedia no solo afectó a quienes estuvieron en el lugar en ese fatídico momento, sino que también dejó cicatrices profundas en sus familias y amigos. La pérdida de vidas humanas y el dolor infligido son inconmensurables, y sus efectos se sienten hasta el día de hoy.

Cada una de las 85 personas que fallecieron tenía una historia, una vida llena de sueños, esperanzas y seres queridos. Eran padres, madres, hijos, hijas, amigos y colegas. Cada uno de ellos dejó un vacío imposible de llenar en el corazón de sus familias. Los heridos, muchos de los cuales llevan cicatrices físicas y emocionales, también son víctimas de este acto de terror. Sus vidas fueron alteradas de manera irrevocable, y su lucha por la recuperación ha sido un testimonio de resiliencia y valentía.

Los familiares y amigos de las víctimas también son víctimas de este atentado. Han vivido con el peso de la pérdida, el dolor de la ausencia y la frustración de la injusticia. Han visto pasar los años sin que se haga justicia, y cada aniversario del atentado es un recordatorio doloroso de la impunidad que persiste. A pesar de todo, han mantenido viva la memoria de sus seres queridos, luchando incansablemente por justicia y verdad.

La búsqueda de justicia no es solo un acto legal, sino también un acto de memoria y dignidad. La justicia es esencial para sanar las heridas y para evitar que tales atrocidades se repitan. La memoria de las víctimas es un recordatorio constante de lo que está en juego: la defensa de la vida, la libertad y la dignidad humana. Recordar a las víctimas y luchar por justicia es una manera de honrar su legado y asegurar que su sacrificio no sea en vano.

La impunidad también tiene un impacto profundo en la sociedad en su conjunto. La falta de justicia debilita la confianza en las instituciones, alimenta la corrupción y envía un mensaje peligroso de que crímenes atroces pueden quedar sin castigo. La lucha contra la impunidad es, por tanto, una lucha por la justicia, la verdad y la integridad de nuestra sociedad.

En la tradición judía, la búsqueda de justicia es un mandato sagrado. El concepto de «Tsedek, Tsedek Tirdof» (Justicia, justicia perseguirás) de Deuteronomio 16:20 resuena profundamente en este contexto. No es solo un llamado a la justicia, sino una insistencia en la persistencia y la continuidad en la búsqueda de ella. Es un recordatorio de que la justicia no es solo un destino, sino un camino que debemos seguir con determinación y fe.

La justicia es un pilar fundamental en cualquier sociedad que aspire a ser equitativa y humana. La memoria colectiva, por su parte, es la herramienta que nos permite aprender del pasado y sienta las bases para poder construir un futuro mejor.

La justicia y la memoria son dos caras de la misma moneda, y ambas son esenciales para sanar las heridas y asegurar que nunca más ocurran tragedias similares.

Recordar es un acto de resistencia contra el olvido y la indiferencia. Es un acto de solidaridad con las víctimas y sus familias. Es un compromiso con la justicia y con los valores fundamentales de nuestra sociedad.

En cada acto de conmemoración, en cada nombre que se pronuncia, en cada historia que se recuerda, estamos afirmando nuestro compromiso con la verdad y la justicia. No dejaremos que la memoria de las víctimas se desvanezca. No permitiremos que la impunidad se convierta en la norma. Seguiremos luchando por un mundo en el que el terrorismo no tenga cabida, en el que la vida humana sea respetada y en el que la justicia prevalezca.

En este 30 aniversario del atentado a la AMIA, hacemos un llamado a todos los sectores de la sociedad a unirse en la búsqueda de justicia. No podemos permitir que el tiempo diluya nuestra determinación. Debemos mantener viva la memoria de las víctimas y continuar exigiendo que los responsables sean llevados ante la justicia. Es un deber moral que tenemos no solo con las víctimas y sus familias, sino también con las generaciones futuras.